No hay nada más veloz que el pensamiento, ni la luz puede alcanzarlo; antes de de que el más mínimo rayo toque la retina, el pensamiento ya está en otra parte, se ha desplazado, es el desplazamiento del desplazamiento al infinito. El límite que marca la velocidad de la luz sólo afecta a las cosas visibles; las ideas brotan en el intersticio, el hiato de lo sensible, en el intervalo de las luminosidades, cerco invisible de la visión, punto ciego de la retina. La representación, el orden de las representaciones, que subordina el pensamiento al acto útil, productivo y lógico, sancionado por un sentido común vigilante, es de clara inspiración militar, y cada vez más. La velocidad del acto como forma de sabotear el pensar, estratagema de anulación, saturación mental, la necesidad imperiosa de ir cada vez más rápido para no pensar en nada, tiene su origen en las necesidades propias de los ejércitos. Actuar sin pensar, sin cuestionar las órdenes, es la instrucción básica, la directriz que sostiene el conjunto. La velocidad es indispensable para que el pensamiento no ponga en peligro la misión, la ejecución de una acción determinada. No es una acción cualquiera ni una velocidad escogida al azar. El acto debe responder a unas coordenadas repetibles, precisas, que el sentido común debe coordinar, a fin de pasar de uno a otro, en una secuencia previsible, tanto en su desarrollo como en sus resultados. El frenesí, aunque límite al que tiende toda sociedad militarizada, no es la norma; la velocidad no debe impedir ejecutar el mínimo cálculo mental necesario para seguir la pauta instituida. Demasiado lento significa la suspensión del acto; demasiado rápido, la imposibilidad de mantener la coordinación, el atolondramiento, la zozobra, el caos en las filas. Se trata de actos sensatos a velocidades sensatas. La sensatez es la reducción del pensamiento a mínimos, la estricta vigilancia y control, la supervisión de las órdenes a ejecutar, el seguimiento del plan de trabajo. La clave del mecanismo es la falta de tiempo, la ocupación del tiempo, a todas horas, para evitar las distracciones y reducir el pensamiento a un mero uso instrumental, subordinado a la cadena de actuación. Cumplir órdenes es siempre pensar sin pensar en otra cosa. Lo vemos cada día. La mayor de las distracciones está concebida para evitar la distracción.
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XII
La asignación de valores constantes, fijos y estables sólo se justifica desde su carácter eterno o su naturaleza histórica, el mayor rigor e inmovilidad de los primeros no representa una oposición a los segundos, porque en el fondo comparten lo esencial: están dados. Si es la eternidad la que está al mando, el propio conocer puede ser santificado con independencia de lo que se conozca, todo ejercicio de representación será bueno y loable; si la historia toma las riendas, el conocimiento de cada época, verse sobre lo que verse, se tendrá en alta estima y se propondrá como modelo a seguir. La sociedad del conocimiento es el resultado de la desvalorización generalizada del obrar y del mundo, del profundo rechazo al acto de creación, a la puesta en cuestión como actitud básica del valorante. Todo puede y debe ser conocido porque nada vale nada o todo vale lo mismo; con suma diligencia, se desmantela y divide la imagen del pensamiento para organizar el reparto de las representaciones espúreas, los restos del banquete del saber, entre las comunidades planetarias de especialistas, técnicos y diletantes.
V
Las manifestaciones públicas masivas son actos de profunda irrealidad, abstracciones colectivas que se ponen en movimiento, lento por la densidad de participantes, como un muñeco al que dan cuerda. Miles de mentes se unen en la versión más negativa de la imagen del pensamiento, degradada hasta volverse irreconocible, convertida en mera representación, como forma de desrealizar la experiencia en momentos reducidos a meros conceptos en que nadie piensa nada. Cuando sólo se piensa lo que se puede pensar, lo tolerable, y no lo impensable y lo intolerable, la anulación del pensamiento va de la mano del cercenamiento del cuerpo. Un manifestante duda unos instantes entre aplaudir y soltar la pancarta, tras varios intentos titubeantes, a modo de acróbata en la cuerda floja, al final un compañero le releva de la penosa responsabilidad y puede aplaudir las proclamas. Respira tranquilo. Más adelante, una niña a la que han tapado la boca con una pegatina, con evidentes signos de fastidio, intenta sacársela estirando por una punta. Es lo único real que pasará durante todo el día.